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miércoles, 24 de agosto de 2011

Nicaragua sin más...bueno sí...

Hola de nuevo y de nuevo siento el retraso que tanto indigna  a los que nos seguís por medio de este blog. La verdad es que si no lo actualizo más a menudo es porque estoy muy vaguete y no encuentro el momento entre chapuzón y clase de submarinismo para escribir los relatos. También os rogaría que si hacéis un comentario lo dejéis plasmado en el blog ya que para nosotros es muy importante saber que estáis ahí. Bueno empiezo.
Nos habíamos quedado en Costa Rica y sus chubascos moderados a fuertes. Partimos bien temprano para llegar lo antes posible a Nicaragua. Desconocíamos el transporte en ese país y temíamos hacer noche en un lugar no deseado. Por suerte, las distancias por aquí no son muy grandes y después de esquivar a los típicos oportunistas que te encuentras en la frontera buscándose la vida (bueno en realidad me costó un dólar librarme de un pesado) tomamos un autobús hacia Rivas. 


Esta ciudad es la puerta de entrada de la isla de Ometepe. Un ferri nos trasladó a través del lago Nicaragua a nuestro siguiente destino. Ometepe es una isla flanqueada por dos volcanes, el Concepción y el Maderas que han ayudado a su formación. Desembarcamos en Moyogalpa e inmediatamente nos dirigimos a Altagracia en el lado opuesto. Nos describieron este lugar como de lo más bello de la isla, pero como siempre que te recomiendan algo los mismos lugareños (y más si son oriundos del sitio que te recomiendan) nos llevamos una decepción. Allí no había nada. 
Los lugares para dormir eran excesivamente caros para nuestro presupuesto. Por suerte, mientras recorríamos la calle principal, nos asaltó una simpática señora que nos proporcionó acomodo a un precio razonable. Al día siguiente decidimos dar una vuelta por la isla y nuestra siguiente etapa dependería de si el lugar por el que pasaríamos se ajustaría a nuestras expectativas. Nos bajamos del bus en  Santo Domingo, pero tampoco encontrábamos el lugar adecuado para quedarnos. 
Unos gringos nos hablaron de la finca Magdalena, que al parecer era un remanso de paz en la falda del volcán Madera. Nos comentaron que no quedaba lejos, que andando se podía llegar perfectamente. Después de 5 km agotadores con las mochilas en la chepa, descubrimos que aún nos quedaba 1 km más de subida hasta nuestro destino. Exhaustos, decidimos quedarnos tanto si nos gustaba como si no. Suerte tuvimos que nos convenció el hecho de que además de estar cerca de un sendero donde podríamos ascender al volcán, también podríamos encontrar petroglifos en los alrededores. 
La finca Magdalena es como nos habían informado un reducto de paz para descansar y a la vez machacarte con caminatas tanto en ascenso como en descenso. Se trata de una plantación cafetera que funciona como cooperativa. Las personas que la atienden son educadas y de muy buen trato y las instalaciones no tienen nada que envidiar a cualquier hotel de 5 estrellas. Allí lo tienes todo, lo que va muy bien cuando se te ha olvidado comprar tabaco, con lo que te ahorras los 2 km de bajada y subida hasta la pulpería más próxima. Lo que no había sido habitual a lo largo de nuestro viaje se convirtió en una autentica sorpresa.
Resulta que nos reunimos en un mismo lugar una docena de españoles que venían desde diferentes puntos de centro América y España. Una guitarra  y buena cerveza bastó para que pasáramos una velada muy divertida. Ese mismo día habíamos visto los famosos petroglifos, que son marcas y dibujos grabados en la piedra. Una muy buena experiencia. Al día siguiente decidimos aventurarnos y subir al volcán. Una agotadora caminata de cerca de tres horas, ascendiendo por caminos impracticables y embarrados que no facilitaban esta labor. Lo que más temíamos se hizo realidad. Al llegar a la cumbre, una densa cobertura de nubes imposibilitó ver las fantásticas imágenes que ofrece esta atalaya. 
Un poco decepcionados emprendimos el descenso. Si subir fue penoso, bajar resultó mucho más difícil ya que te ibas resbalando a cada paso y mis huesos fueron a parar dos veces al mojado sendero. Valió la pena aunque fuese sólo por el ejercicio. Decidimos pues acercarnos un poco más al ferri que nos devolvería a Rivas para llegar luego al siguiente lugar, Granada. Como suele ocurrir en estos lugares las estaciones de autobús suelen resultar de lo más caótico. Voceros locos anuncian a viva voz el destino que tiene reservado cada autobús, además no pillan el sarcasmo ya que después de que un tipo de esos me estuviera gritando al oído a escasos centímetros el destino del autobús cuando le pregunte si iba a Granada me lo volvió a repetir como si fuese la primera vez. La bomba. 
Bueno, nos embarcamos hacia lo que se denomina la ciudad graciosa, pero no porque sus habitantes sean unos chistosos, si no porque al parecer ha sabido salir con más o menos suerte de diferentes contratiempos. Entre ellos el filibustero William Walker (echadle un vistazo a su biografía en la wiki que os vais a reír del pringao ese) que viendo perdida su causa la redujo a cenizas. 










Granada es bonita, para que vamos a engañarnos. Su casco antiguo parece sacado de una postal del siglo XVII. Sus casas pintadas de vivos colores te recuerdan mucho a las ciudades coloniales que encuentras por todo este continente. La calle principal te conduce al lago donde puedes acceder a dar una vuelta por las islitas que colindan con la ciudad. Desgraciadamente muchas de estas casas se han visto afectadas por la especulación. La falta de control por parte del gobierno ha hecho que en esta misma calle se combinen las casas coloniales con otros estilos arquitectónicos que no le pegan nada. Fuimos afortunados al llegar justo en el fin de semana donde celebran sus fiestas mayores. 
Las calles bullían de actividad y las gentes venidas de todos los lugares de Nicaragua disfrutaban de estas actividades. Conciertos, danzas, exposiciones y un simulacro de sanfermines nos acompañaron durante la estancia. Allá volvimos a encontrarnos con nuestros amigos Diego (alias el “Andrew” el del metro cuadrado de pilsen), Esteban (alias “Stephan” el de los pasajes a Rancagua) y Iary (alias “el tano”, alias “el artesano” el come niñas) .Nos contaron sus aventuras en la misma isla de dónde veníamos y pasamos un buen rato. Mientras nosotros nos dirigíamos a Honduras, ellos habían decidido hacer una pausa en León, pero por suerte nos volveríamos a encontrar en Utila ya en territorio hondureño.
Partimos después de cuatro días que nos habían ayudado a reposar nuestros cansados huesos. Una sucesión de buses y diferentes estaciones nos conduciría a la frontera hondureña, pero eso ya es otra historia. Lo que más me sorprende de los nicaragüenses es fu falta de orgullo, ellos junto a los vietnamitas han sido los únicos (de momento y a la espera de lo que pase en Afganistán e Irak) que han podido derrotar a los todopoderosos gringos a costa de las vidas de una generación entera de jóvenes que se dejo el alma luchando en los montes con el gobierno de Reagan que se escudaba en la “contra” y para derrocar un régimen democrático elegido en las urnas. Los mercenarios costarricenses, hondureños, salvadoreños y guatemaltecos junto a las tropas irregulares de Estados Unidos casi lograron acabar con el país en una cruenta guerra civil que duró más de 10 años. 
Pero pese a todo en su moneda se puede leer como lema “En Dios confiamos” que no es ni más ni menos la traducción literal del lema que acuña toda moneda estadounidense “In God we trust”. Hay mucho lugares turísticos por supuesto en los que si no hablas inglés no tienes nada que hacer. Sin ir más lejos tanto en Ometepe como en Granada casi todos los menús de los restaurantes estaban escritos únicamente en el idioma de Shakespeare. Es por eso que me sorprende que después de todo lo ocurrido se hayan vendido al omnipresente dólar. Si, entiendo que se tengan que buscar la vida, pero sólo hay que visitar los cementerios para ver la cantidad de chicos de entre 17 y 23 años que perecieron en la contienda. 
Me contaba el vigilante del Fuerte de la Pólvora (un viejo polvorín construido por los españoles en el siglo XVIII, al que nos dejaron acceder pese a estar cerrado y que era cárcel para presos políticos en la época de Somoza) que a él no le quedó más remedio que echarse al monte para no ser reclutado por uno u otro bando. 

Bueno, esta crónica la estoy escribiendo desde Utila en el Caribe hondureño donde estoy adquiriendo experiencia en buceo y aunque parezca mentira esto estresa un poquito. Así que la próxima ocasión que escriba os daré referencias sobre nuestra estancia en Honduras que aunque prolongada no nos ha dado tiempo a ver todo lo que queríamos. Un saludo enorme de estos dos mochileros viajeros que siguen recorriendo cada vez mas cansados.


Un beso para vosotras y un abrazo para vosotros de parte de Fer y Miguel.

lunes, 1 de agosto de 2011

CARIBE COLOMBINO Y BREVE PASO POR PANAMA Y COSTA RICA


Hooola de nuevo y como siempre, lo primero que hago es disculparme por la tardanza en escribir nuevas entradas. Este relato o estoy escribiendo desde Tamarindo en la costa pacífica de Costa Rica, pero desgraciadamente el mal tiempo nos ha estado acompañando desde que entramos en Centro América y mañana mismo Fernanda y un servidor saldremos echando virutas a Nicaragua donde esperamos que todo sea un poco más barato. Se nos ha unido Esteban, el compañero que desertó a la francesa para ir a ver a su selección jugar en la copa América y que por motivos que no vienen al caso nos volverá a abandonar a mediados de septiembre para volver a encontrarnos a en la segunda quincena de octubre de nuevo en Colombia. Bueno, vamos al lío...

Una vez superado el humillante paso de Venezuela a Colombia nos dirigimos como posesos a buscar el sol del Caribe colombiano.   
 Santa Marta nos recibió de noche después de muchas horas de bus. Aterrizamos en un hostel del terror con unas habitaciones que metían miedo y palpamos lo barato que podía representar pasar una temporada en la zona. Santa Marta se caracteriza por dos hechos; Fue la primera ciudad fundada en el continente sudamericano y testimonió el último aliento de Simón Bolívar sin ver cumplido su sueño de  convertir el norte del continente en un solo país cuyo fantástico nombre sería Gran Colombia. Aparte de eso, nada más. Sus playas son feas y sus aguas sucias. Sus habitantes contribuyen a este hecho arrojando todo tipo de desperdicios a lo que un día fueron unas aguas cristalinas. Hartos de este ambiente y deseosos de encontrar un lugar donde reposar nuestros cansados huesos nos dirigimos a Taganga. 

Este pequeño pueblo de pescadores enclavado al inicio del parque nacional Tayrona nos gustó desde el principio, sus calles de tierra se conjugaban con un ambiente cálido y acogedor. Su playa principal no tiene nada del otro mundo, pero encontremos un pequeño reducto de pescadores donde el agua te ofrecía una prístina visión del fondo marino. Nuestras comidas eran frugales al igual que nuestro sueño ya que justo al lado del hostel donde nos alojamos había un gallo que tenía el sueño cambiado y comenzaba a cantar a las dos de la mañana. Si a eso le sumamos que teníamos una iglesia evangelista puerta con puerta que realizaba exorcismos a chicas que habían aceptado al demonio como guía y que la única intención de los vecinos era demostrar que tenían los altavoces más potentes haciendo competencia territorial entre ellos, os podéis imaginar que no fue fácil encontrar un ratito para dormir a gusto.

 Para visitar el  parque Tayrona (donde estaban las mejores playas) tenías que transponerte al culo y encima pagando entrada al parque que gestionan sociedades europeas. Visto lo visto, nos marchamos a Cartagena donde nos esperaban playas y buen rollo. Dados los precios de la capital indiana, nos metimos en otro hostel que daba pena. Durante los dos días de estancia en la ciudad nos dimos cuenta que no se diferenciaba mucho de cualquier ciudad castellana que te podrías encontrar en nuestro país. Además el precio de los alimentos no favorecía a nuestra economía.


Tampoco había playas espectaculares y si querías visitar alguna, te hacían pagar entrada. Visto lo visto, de nuevo a Taganga. Esta vez elegimos para nuestro reposo una pensión cerca de la playa que aunque era un poco cara (20 euros) era mucho más confortable de lo que habíamos visto hasta ese momento. En total pasamos en Colombia 20 días. Luego tocaba marchar hasta Panamá. Dado que no hay vías terrestres que comuniquen ambos países, las opciones eran pocas. La primera consistía en pegarte un  tute de tres días para que te cruzaran en una lancha rápida, para una vez allí coger una avioneta que te dejaba en la capital y todo eso por unos módicos 170 €. La segunda opción era más cómoda, pero más cara. Consistía en esperar a un velero que te llevaba en un tour de 5 días navegando por el Caribe. La tontería te costaba 350 €. Escogimos la tercera opción que era la más rápida y no perjudicaba tanto nuestros caninos bolsillos. Compramos unos billetes desde Cartagena hasta Ciudad de Panamá. 


50 minutos de trayecto y nos plantaríamos en otro país. Para ahorrar una noche, decidimos apalancarnos en el aeropuerto y esperar el vuelo. Diego, que había estado apareciendo y desapareciendo de nuestras vidas cual  Guadiana chileno, apareció tempranito para descubrir que pasar a Panamá no sería tarea fácil. Las autoridades aeroportuarias nos informaron que para entrar en el país vecino, tenías que tener un documento que diese fe de que no nos quedaríamos en su territorio. Para eso teníamos que conseguir un ticket de autobús que justificara esa salida. Evidentemente la única compañía de buses que hacía esto no tenía la página web habilitada. Con el triste pensamiento de tener que quedarnos en Colombia o en su defecto tener que comprar un ticket de avión que no íbamos a utilizar, optamos por usar nuestros encantos para conseguir que la supervisora del turno nos hiciera un ticket falso y así pasar sin problemas. Gracias enormes a Inés de Copa Airlines por la ayuda prestada. En territorio panameño, nuestra intención era dirigirnos a la zona franca donde nos habíamos prometido comprar tecnología a un precio aceptable. Pero nuestro gozo en un pozo, ya que la zona franca no se encontraba en Ciudad de Panamá si no en Colón, a 45 km.

 El trayecto era de dos horas y nos comentaron que los mismos productos los podríamos encontrar en el Mall de la estación central de buses conocida como Allbrock. Estábamos buscando libros digitales, pero al parecer la población panameña no es muy dada a leer y por lo tanto no había demanda de estos artículos. También nos llamó la atención la cara que ponían los dependientes cuando les preguntábamos por los e-readers o e-books dándonos a entender que no tenían ni puta idea de lo que les estábamos hablando. Frustrados, aprovechamos la coyuntura para pillar los billetes del bus que nos trasladaría a Bocas del Toro. Un amiguete nos desaconsejó visitar el archipiélago de San Blas ya que estaba lloviendo mucho y las previsiones meteorológicas no nos favorecían.
Después de un viaje del horror con el aire acondicionado a full (donde tenías más la sensación de viajar dentro de un congelador que otra cosa) durante todo el trayecto y acompañados por esos infatigables viajeros descendientes de la tribu de David y que hacen gala de su nacionalidad gritando como posesos en una conversación con la persona que tienen al lado para dar fe de que son israelitas, llegamos a Bocas del Toro.

 Para llegar a la isla de Bastimentos, primero teníamos que pasar por la isla de Colón donde se concentraban la mayor parte de los mochileros. En Bastimentos descubrimos que sus habitantes hablan un raro dialecto mezcla de español, inglés e isleño que entiendes sólo a medias. El lugar era muy tranquilo y sus gentes agradables. Nos informaron sobre una playa al otro lado de la isla donde para llegar tenías que recorrer un sendero que atravesaba la selva. El trayecto nos descubrió la cara oculta de la isla y vimos la naturaleza salvaje en toda su exuberancia. Lo malo es que el agua estaba bastante agitada y la resaca no te dejaba bracear más de dos metro sumado a esto, el tamaño de las olas impedía un baño tranquilo. Al día siguiente nos encaminamos a la frontera con Costa Rica en Guabito, una de las más conflictivas de centro América. Los trámites fueron fáciles para salir, pero nos volvieron  exigir un documento que justificara nuestro próximo destino, para eso, volvimos a tirar del documento que nos habíamos conseguido en Colombia. Fue suficiente. 250 km era la distancia que separaba la frontera con la capital costarricense. Nos sorprendió bastante tardar 6 horas en recorrer esta distancia, me pasó algo parecido en Nepal. Al parecer el hecho de que casi todo el país sea parque natural protegido por la UNESCO hace que no se creen infraestructuras viarias de calidad. No nos vamos a engañar Costa Rica es el país con la renta per cápita más alta de centro América y eso tiene un precio. El precio se paga por el alojamiento y la comida ya que el transporte no es muy caro.
 
 La capital, San José no tiene grandes atractivos y es sólo un lugar de paso para los que visitan el resto del país. Aprovechamos la tregua que nos dio la lluvia para pasear por el centro y darnos cuenta de que los precios de la mayoría de los artículos expuestos en los escaparates estaban al mismo valor que en Europa. La lluvia de nuevo arruinó nuestro paseo. Al día siguiente partimos para Tamarindo o como se conoce coloquialmente “Tama gringo”. Este es el destino preferido para los surfers de todo el mundo en especial los norteamericanos. Tal es el grado de integración local que en el hostel donde nos alojamos los recepcionistas no hablan español. Esto no se nos hace un drama ya que por suerte somos multilingües, pero, nos pareció un poco raro. Sigue lloviendo intermitentemente, lo que no nos permite disfrutar de sus playas ya que no concebimos el mar sin sol. Quizás sea un error, pero es lo que hay. Colombia nos ha encantado, es un muy buen lugar donde pasar una temporada y el carácter de su gente ayuda mucho. En Panamá no hemos visto todo lo que hubiésemos querido ya que si has de visitar algún lugar lo preferible es que el tiempo acompañe y este no ha sido el caso.
 Costa Rica muestra su exuberancia y a su lema “Pura Vida” le podríamos añadir ¿pero, a qué precio?. Sinceramente, por lo que estamos pagando aquí por una habitación compartida podríamos estar en cualquier lugar de la zona en una privada con todas las comodidades que nuestros cansados cuerpos nos demandan cada vez más a menudo. Y llevamos 9 meses de viaje y eso nos pesa. En breve partiremos para Nicaragua donde pensamos estar unos diez días en función de cómo nos encontremos y así continuar nuestro viaje. Ya os explicaremos nuestras sensaciones en una próxima entrada. Gracias por estar ahí y seguirnos fielmente. Un saludo para vosotros y un besito para vosotras.

Fernanda y Miguel

jueves, 7 de julio de 2011

Venezuela funciona………..casi a medias.

PRIMERA PARTE.-


Hola de nuevo familia, amigos, amigas, simpatizantes, perro flautas, gato tambores y demás gente de buen o mal vivir que sigue este foro. Después de haber llegado a la trágica conclusión de que Brasil es un ejercicio enorme de marketing comercial y que sacando varios lugares en concreto (que se pueden contar con los dedos de una mano) lo demás es “una mierda pinchá en un palo”  y más después de sufrir durante 18 largas horas una travesía que en cualquier lugar civilizado no habría durado más de 7.
Me refiero al trayecto entre Manaos y la frontera con Venezuela pasando por Boa Vista, por una carretera que parecía haber sufrido el bombardeo de la aviación de la ONU. Con autenticas zanjas y cráteres que daban miedo sortear y alcanzando la increíble velocidad media de 20 km/h. Pero creo que ya he perdido demasiado tiempo en hablar del país en el cual tenía intención de instalarme. Y es por eso que comienzo mi relato en la frontera venezolana en concreto en Santa Elena de Uriaen. Los trámites siempre son farragosos y más cuando circulas en un automóvil como es nuestro caso. Después de unirnos a Esteban, Diego (Chile) y Iary (Italia), entramos en el país con pasmosa facilidad. Acordamos con los aduaneros que volveríamos al día siguiente para realizar el correspondiente papeleo. La sorpresa fue que en la frontera te exigen un seguro para poder circular por el país independientemente del seguro internacional que tiene el vehículo. Esto representó cerca de 100 USD más que no teníamos pensado gastar. Santa Elena es un pueblo fronterizo sin ningún interés particular. Dedicamos el día a buscar un lugar donde cambiaran nuestros dólares a un precio superior al cambio oficial. Este está a unos 4 bolívares por dólar y en el mercado negro lo puedes conseguir hasta por 8.5. Después de llenar el depósito con gasolina creímos que nos estaban tomando el pelo ya que 45 litros nos salieron por unos 40 céntimos de euro. Si amigos, no me estoy columpiando, el precio de la gasolina aquí es irrisorio.

De ahí que no te extrañe ver camionetas 4.5 litros que gastan 1 litro cada 4 kilómetros. La confianza hizo que no se repusiera el depósito en su momento no  nos quedara más remedio que recurrir al mercado negro. Lo peor no fue tener que pagar la gasolina un 400% por encima de su valor, si no el mal rato que pasamos en una pintoresca población de la sabana venezolana llamada El Dorado. Este singular pueblo está formado por una amalgama de gentes de diferentes nacionalidades cuyo vínculo común es la búsqueda de oro y piedras preciosas. De ahí que el lugar tenga más semejanza al lejano Oeste que al cercano Este. Un pueblo que denominaríamos de “birras y putas”. La Guardia Nacional Bolivariana, nos desaconsejó en varias ocasiones que tomáramos la carretera que llegaba hasta allá. Nosotros ante la desesperación de ver como el depósito de gasolina se había quedado vacío optamos por la opción menos sensata y nos plantamos en medio de la plaza mayor (la única que hay) a ver qué es lo que se podía hacer.
 De inmediato nos convertimos en el centro de atención y los lugareños comenzaron a vernos como una rara avis fuera de lugar. Algo exótico y novedoso ya que lo más parecido a un “gringo” que habían visto por aquellos lares salía en la tele. Habíamos probado en varias ocasiones comprar la gasolina que necesitábamos, pero el precio era tan abusivo que optamos por negarnos sólo por vergüenza torera. En esto que apareció una patrulla de la Policía Estatal que nos volvió a aconsejar que nos esfumáramos de allí de inmediato ya que no podían responder por nuestra integridad física. Cuando les expusimos el problema, accedieron a conseguirnos la gasolina a un precio más asequible. Nos contaron que en el pueblo hay un tiroteo casi cada día y que dada la idiosincrasia de la gente que se dedica al negocio áureo la vida no tiene valor alguno en ese lugar de manera que las autoridades lo han dado por perdido y han decidido quitarlo del mapa por lo menos en lo que se refiere a la administración. Después de esa grata experiencia dormimos en un pueblo llamado El Callao. Allí nos recuperamos del susto y comenzamos a degustar la gastronomía local. Arepas y empanadas son el alimento básico de la gente por aquí. Acompañan estos ágapes con un néctar imbebible llamado “Malta” que no es otra cosa que una cerveza sin alcohol y con sabor que a mí me pareció altamente agrio. En principio desconocíamos que estas frugales comidas se iban a convertir en casi el único ágape que nos haría mover el bigote durante nuestra estancia en el país. Los chicos habían decidido marchar a Isla Margarita ante la promesa de playas de aguas celestes y arenas blancas. Para eso debíamos aterrizar primero en Puerto La Cruz para poder tomar el ferri a la isla. Esa noche la pasamos en un apartamento que alquilamos y cuyos habitantes habituales eran las hordas de cucarachas que acudieron en tropel a dar la bienvenida a los recién llegados. Después de gastar varios botes de insecticida y causar un holocausto que pasaría a la historia de nuestra amiga la “blatella germanica”,  nos acomodamos para salir al día siguiente hacia Margarita.
El cómodo y casi lujoso ferri tardó 4 heladas horas (aquí no tienen proporción con el aire acondicionado y lo ponen a full siempre que pueden) en desplazarnos y nos dirigimos a Juan Griego que según todas las informaciones que habíamos recibido era el lugar más seguro. Juan Griego es un pueblo de pescadores enclavado en el norte y el costado de sotavento de la isla. Descubrimos que las playas paradisíacas que muestran los catálogos de viajes no se parecían nada a las que visitamos. Además el mal tiempo se cebó con la isla y fueron pocas las oportunidades que tuvimos de ver el sol. Es por eso que al cuarto día decidimos hacer las mochilas y desplazarnos a un lugar que según unos amigos argentinos que conocimos en la posada era lo más parecido al paraíso que habían visto. 
Llegar hasta Choroní, fue un ejercicio de paciencia y habilidades sociales. Después de esperar durante tres horas el autobús que cubriría el trayecto Puerto La Cruz- Maracay, recibimos la nefasta noticia de que la unidad no tenía aire acondicionado y si a eso añadimos que las cucarachas habían tomado la costumbre de viajar gratis en los mismos autobuses, se forma un coctel que puede hundir a cualquiera.
Pero no a nosotros. Haciendo de tripas corazón nos encaminamos dirección Norte y tardamos 7 horas en llegar a Maracay. Allí tras una espera de 3 horas más enfilamos la ruta que nos levaría a Choroní. Al parecer la tarea del conductor del vetusto autobús, además de conducir es no dejar descansar a los infelices clientes que transporta y provocarles un ataque cardíaco.
Esto lo consigue poniendo la música a todo volumen con canciones (que sólo le gustan a él y que estaban de moda 10 años atrás) y lanzándose a cuchillo de forma suicida por una carretera que casi siempre bordea un profundo precipicio en el cual puedes ver los esqueletos mudos de otros autobuses cuyo conductor tenía menos aprecio por la vida que el nuestro y que no tuvieron tanta suerte como nosotros. En dos ocasiones salí despedido de mi asiento y fui a parar al otro lado del bus en una maniobra que se podría calificar de “temeraria” por parte de este Lewis Hamilton de pacotilla. Una vez a salvo y después de haber besado el suelo de la estación de autobuses al estilo Karol Wojtyla, nos dirigimos a la posada en la cual pasaríamos 4 días. Choroni no tiene nada a destacar. La Playa Grande lo único que tiene de grande es su oleaje que te revuelca cual compresa desechable cada vez que intentas tomar un baño en sus limpias aguas. Allí nos reunimos con Diego y Iary (Esteban se había marchado a Mendoza a ver a su selección en la Copa América) y decidimos visitar otras playas aunque para esto hubiéramos que pagar el desplazamiento en una lancha motora. Optamos por Chuao, que según contaban los locales tenía una piscina natural. Cuando preguntas cual de las tres playas cercanas es la más atractiva para el baño, nadie coincide. Todos te dicen que la suya es la mejor (como no). Cuando llegamos a esta descubrimos que las lluvias la habían convertido en un lodazal y que el famoso “Encontro das aguas” que se da cuando coinciden el Amazonas y el Rio Negro se reproducía en pleno Caribe venezolano. 
Cepe fue la segunda opción. Después de desembarcar al estilo “Salvad al soldado Ryan”, nos dimos cuenta de que no sólo el mar estaba tan bravo que impedía el baño si no que para acceder al agua tenías que pasar por una orilla plagada de cantos rodados que destrozarían los pies de un Yanomami. O sea otra frustración. Luego a partir del viernes llegaron al pueblo hordas de visitantes locales en busca del sol y del mar que la capital no le da. Esto convirtió la playa en un área de “macarrónicos reguetoneros” hasta las trancas de cerveza y con ganas de fiesta. Pocas fueron las muchachas de buen ver que pasearon su palmito por la zona. Casi todas eran jovencitas entradas en carnes con diminutos biquinis que desaparecían entre sus michelines. La noche se convirtió en una discoteca ambulante donde los “macarrónicos reguetoneros” hacían gala de sus equipos de música instalados en sus vetustos carros de fuego y las mozas movían sus culazos y coreaban las canciones a viva (y desagradable) voz al ritmo del hortera de “Daddy Yankee” Después del descanso nos encaminamos nuevamente por la tortuosa ruta hacia Maracay donde comenzaría otro periplo de 30 horas hasta llegar a Santa Marta ya en territorio colombiano.


Uff!, este es un momento óptimo para descansar de tanta aventura...tómense su tiempo.


SEGUNDA PARTE.-



El primer trayecto nos condujo hasta Maracaibo y de verdad no entiendo la letra de la canción de La Unión donde Rafa Sánchez se desgañitaba con esa voz meliflua y aterciopelada que decía literalmente en su estribillo; -“Uhhhh, si un día he de morir que sea aquí donde yo nací, que sea aquí en Maracaibo”-. Pues sinceramente, este sería el último lugar donde me gustaría morir. En la estación de buses nos llevamos un susto tremendo al comprobar que la riñonera Diego había desaparecido. En ella a demás de un poco de dinero y las tarjetas, llevaba una cosa imprescindible para poder dejar el país, el pasaporte. Por suerte la pudimos recuperar aliviada de su paupérrima carga de dinero, pero con las tarjetas y la documentación intacta. El trayecto hasta la frontera colombiana nos tenía que llevar unas tres horas, pero como siempre surgen problemas que hicieron que se convirtieran en siete. A pocos quilómetros de Macaio, último punto de Venezuela conocido como “La Raya”  (no sé si por las connotaciones cocainómanas del país de destino), se nos incorporó un individuo que se identificó como “El Pagador”. Su labor era tan simple como recoger dinero de los asustados usuarios del mini bus y pagar las “coimas” o sobornos que les pedían los miembros de la Guardia Nacional Bolivariana cuyo lema es “El Honor es nuestra Divisa” muy parecido a la del benemérito cuerpo. Pero nada que ver. Además tenía que “coimar” también a los policías estatales que salpicaban cada pocos metros la vía que nos llevaba por tierra de nadie hacia nuestro destino. Evidentemente,  yo sentía vergüenza ajena por el total desprecio de la profesión que ejercían estos individuos uniformados y desde un principio los cuatro nos negamos a pagar ni un bolívar. Nos decían que si no pagábamos nos registrarían el equipaje y que perderíamos mucho tiempo. Nosotros alegábamos que nos importaba un “güebo” ya que ninguno tenía fecha de regreso y que por lo tanto podían revisar el equipaje las veces que fuera necesario. Naturalmente esto nos creó cierta animadversión con los locales que se dedicaron a mandar puyas hirientes ante nuestra actitud despectiva. Finalmente llegamos a la civilización (o sea a la parte colombiana) y continuamos nuestra marcha hacia el siguiente destino. Hablando con la gente y tanteando siempre el terreno donde se pisa pude sacar algunas conclusiones. Si digo que Venezuela funciona casi a medias es porque, en un principio creía que me encontraría con un estado totalitario donde la policía y el ejército llevaban la voz cantante. Sólo en ambas fronteras hemos notado presión militar y controles estrictos. La gente sobrevive como puede, pero las ayudas sociales hacen que casi no veas pobres o enfermos mendigando en la calle. La sensación de seguridad es muy buena. Nunca hemos temido por nuestra integridad si no ha sido a manos de los mismos que nos tenían que defender. Hay trabajo para el que quiere trabajar. La mayor parte de los negocios pertenecen a extranjeros y no les va mal. El venezolano (según ellos mismos, ojo) es flojo y vago, sólo trabaja cuando le aprietan y no ocurre siempre.
Es por eso que son los extranjeros en su mayoría los que llevan buenos carros y se gastan sus bolívares en fiestas ante la pasividad de los locales. Luego lo que sorprende es la falta absoluta de compromiso por parte del gobierno con sus ciudadanos. Venezuela está manteniendo a Cuba, Bolivia, Ecuador y Perú a costa de vender su petróleo a terceros para continuar  lo que el icónico presidente denomina su proyecto de una Sudamérica bolivariana. Un sueño en el que se vio envuelto el libertador de América y fundador de Bolivia Simón bolívar y que nunca pudo ver terminado. Por el contrario los cortes de luz son tan frecuentes que las gentes les parece raro tener electricidad por más de 2 días seguidos. La figura de Chávez se ve como algo lejano pese a ser omnipresente en todos los carteles que se pueden ver en los lugares que hemos visitado. Venezuela funciona casi a medias, porque este gobierno populista que se niega a claudicar con el capitalismo que existe de una manera sumergida de tal modo que en las zonas fronterizas no hay gasolina porque se dedican a contrabandear con ella en los países vecinos. La electricidad se corta pese a tener la segunda mayor central hidroeléctrica del continente y no funciona por dejadez ya que los equipos se están pudriendo por falta de mantenimiento. Las carreteras no se reparan porque se abolieron los peajes que controlaban empresas extranjeras y nadie se encarga de su manutención. Porque se expropian empresas que funcionan y pasan a manos de funcionarios bolivarianos, inútiles y corruptos que hunden esa empresa. Porque mal que me pese Homer  Simpson tenía razón cuando decía que; “muchas cosas funcionan en teoría y hasta en teoría hasta comunismo funciona”, pero lamentablemente  modelo funciona a medias y la realidad es muy diferente. La opinión general es que esto acabará en un momento a otro y tienen la esperanza de que cuando acabe el país no esté tan deteriorado que no se pueda recuperar. Mi opinión personal no es mala del todo, sólo me ha indignado la naturalidad con la que la policía en general acepta los sobornos que a la gente no le queda más remedio que pagar. Por el contrario se puede decir que la pobreza extrema al igual que el analfabetismo ha sido casi erradicados y que el estado se encarga de cobijar a los desprotegidos y de potenciar los estudios a todos los niveles. Puedes encontrar un hospital medio en condiciones en poblaciones realmente pequeñas por lo que entiendo que la salud llega a todos. El paro no existe ya que si no tienes trabajo el estado te pone a trabajar si o si. También hay que contar que veníamos de un país que me había defraudado enormemente y que todo lo que se compara con ese país es mucho mejor. Bueno, lamento haberme enrollado tanto pero han sido 14 días muy intensos. La próxima crónica la escribiré antes de marchar a Panamá para continuar viaje hacia el Norte y recorrer centro América.
Un saludo enorme de parte de Fer y mío y continuad siguiendo nuestras aventuras en este blog que se está convirtiendo cada día más en un medio de comunicación natural.
Abrazos para vosotros, besitos para vosotras.

Fer y Miguel.

domingo, 12 de junio de 2011

ATRAPADOS EN MANAUS (ampliando en resumen)

Saludos amigos, amigas, desconocidos demás que seguís este blog. Lo primero como siempre agradecer vuestras muestras de cariño y apoyo que recibimos cada vez que se publica una nueva entrada en nuestro diario. Especialmente para Edith que siempre sabe dar ese puntito acido que la caracteriza. Para empezar me gustaría hacer una rectificación sobre Belem y que se publicó en la anterior entrada. Belem no está en la desembocadura del rio Amazonas como nos hace creer el mapa que publica el Lonely Planet en su afamada pero desinformada guía Sudamérica para mochileros. En realidad el Amazonas desemboca unos 200 km al norte de esta ciudad. Dicho lo cual, vamos al pastel. Después de repasar el resumen publicado en la anterior entrada consideré que sabía a poco y he decidido ampliarlo para que vosotros os hagáis una idea más amplia de lo que hemos visto.

 Rio nos sorprendió con su amabilidad y su influjo deportivo y de ciudad cosmopolita. Nuestras visitas al Cristo Redentor y a Pan de Azúcar  fueron las actividades típicas e ineludibles que hacen todos los visitantes que acuden a esta metrópolis. Largos paseos por las famosas playas de Copacabana, Ipanema y Leblon se salpicaban con sesiones de  tueste epidérmico en estas mismas playas. Rápidamente me aficioné a la bebida local; el guaraná. Y a su homólogo en lo que a granizados se refiere; el açaí. Descubrimos que el portugués no difiere mucho del catalán por lo que se puede llevar una conversación  con un
 carioca sin problema alguno. La seguridad se palpa en todo momento ya que no andas 10 metros sin toparte con una patrulla de las diferentes policías que compiten por ser las más chulas y pirulas. Con tristeza en el corazón nos despedimos de la urbe para dirigirnos a Salvador de Bahía, de donde habíamos recibido unas referencias excelentes. Para evitarnos las 15 horas de trayecto en bus, nos decidimos a tomar un avión que nos costó prácticamente lo mismo. Mientras nos dirigíamos al centro de la capital bahiana, pudimos observar la gran diferencia que marca una ciudad de otra. 

 Los suburbios exteriores de Salvador están salpicados por viviendas a medio derruir, cosa que pasa exactamente con el centro de la ciudad.
 Una rápida visita a este centro histórico nos enseño una cara de Bahía que desconocíamos. Nos pareció una ciudad deprimente, llena de gente que te agobia pidiéndote dinero que evidentemente no tienes intención de darle (ya que seguramente lo utilizaría para comprar su dosis de oxi, una droga que está causando estragos entre los adictos), pero con una actitud amenazadora. La presencia de la Policía Militar disuade a esta legión de pedigüeños de ser más agresiva. Nos desilusionó un poco ver este panorama.

 Calles sucias, edificios derruidos, indigentes. Y como contrapunto, una iglesia cuya cúpula interior está decorada por 700 kilos de pan de oro. Una locura. Y para colmo, llovía. Nos consuela saber (después de haber hablado con otra gente que la había visitado años atrás, que al parecer antes estaba peor). Ante este panorama decidimos pirarnos hacia el norte y de paso probar los buses autóctonos y sus carreteras. Cometimos el error de tomar una compañía que era un auténtico desastre aunque era la única que se dirigía a Maceió. La empresa de marras se llama Bonfim. Aunque no hace honor a su nombre ya que ni es Bon y casi no tenemos Fim. Me limitaré a decir  que si visitáis estas tierras evitéis tener ninguna relación con esta compañía. En el trayecto el bus se rompió dos veces y lleguemos casi cuatro horas después a nuestro destino. Evidentemente eludieron toda responsabilidad aún amenazando de denunciarlos a la Asociación Nacional de Transporte Terrestre, que al parecer los titulares de esta empresa se pasan por el forro. Después de pasar la primera noche en el hotel de “Psicosis” (con rata incluida, que se me coló en la mochila, no sé, ¿para ver mundo?) nos desplacemos a la zona de playas para comprobar que este era un lugar típico de veraneo para los autóctonos y que no eran muchos los foráneos que visitaban la ciudad. Las playas estaban sucias aunque el ambiente no estaba mal del todo. Más sesiones de tueste nos ayudaron a pasar unos días en lo que podíamos denominar el Benidorm brasileño. De nuevo decidimos encaminarnos al norte con destino a Natal. Los autobuses aquí tienen que bregar con las carreteras desastrosas y con las estaciones de bus encuadradas en el sitio más céntrico de las ciudades, por lo que te comes las colas kilométricas a la entrada y a la salida.
Como Natal también nos recibió con lluvia en la misma terminal decidimos pirarnos sin echar la vista atrás. Fortaleza sería nuestro siguiente destino. Una lluvia inclemente nos acompañó durante todo el viaje y nos dejó como regalo unas inundaciones que metían miedo. De camino a la terminal estuvimos cerca de tres horas para poder vadear una especie de lago que se había formado en el centro y que sólo la altura del vehículo consiguió salvar saliendo indemnes. Ante esta perspectiva, consultamos nuestra guía de viajes y decidimos continuar (¿para qué vamos a parar en una ciudad inundada?) hasta Jericoacoara. 

 El trayecto se suponía que teníamos que realizarlo en escasas 4 horas pero hasta llegar a nuestro destino pasaron 7. Como os comentaba en el anterior relato, Jeri se encuentra enclavada en medio de un parque nacional, para llegar a esta pequeña villa de unos 600 habitantes hay que tomar un camión 4X4 que  circula  por el litoral y cruza dunas de arenas amarillas. Lleguemos al Jeri- Brasil Hostel, regentado por Ramis, un excelente anfitrión que nos rebajó lo suficiente el premio de la habitación como para quedarnos los 9 días que allí estuvimos. El ambiente en Jeri es calmado. 

 Nuestras jornadas empezaban a las 7 de la mañana tomando un potente desayuno para después encaminarnos a las interminables playas que bordean esta península. Después de caminar unas tres horas en las que departíamos con los locales mientras observábamos pasmados las artes de pesca que se gastan por aquí y nos perdíamos entre dunas para descubrir pequeños lagos de agua dulce formada por la lluvia, donde estabas completamente solo (bueno, solo no, con la compañía e una cabra que pasaba por allí) volvíamos agotados al hostel donde comíamos un frugal ágape y nos dedicábamos a no hacer nada. Tomar el sol, pasear, beber zumos de frutas deliciosas, largas charlas con los otros huéspedes del hostel, nos sirvieron para pasar esos estupendos nueve días. Nos fue bien ya que nuestro siguiente destino se situaba nada menos a 36 horas (bueno en realidad 30, ya que nos hicieron esperar en una terminal las otras 6). La anterior crónica la escribía deprisa y corriendo desde Belem, donde arribamos entrada la tarde.

Después de comprobar el  decepcionante  hostel que recomendaba el Lonely Planet, la biblia del viajero (escrita seguramente por un australiano borracho que no estuvo en él nunca) optamos por dirigirnos a la zona portuaria para adquirir los billetes del barco que nos habría de llevar rio arriba hasta Manaus. En el hostel coincidimos con dos muchachos  chilenos que están haciendo el mismo recorrido que nosotros (aunque ellos llevan un Jeep Patriot) y quedamos en esta ciudad para continuar el viaje juntos compartiendo gastos. Conseguimos un camarote con aire acondicionado en un moderno catamarán que se convertiría en nuestro hogar durante 5 días. Tenía tres puentes, el primero ocupado por hamacas de los autóctonos con pocos recursos, el segundo por los camarotes y por los autóctonos con más recursos que cuelgan sus hamacas en una sala con aire acondicionado.

 La espectacularidad del viaje es muy difícil de describir. Toda clase de pájaros ribereños así como delfines grises y rosas nos acompañaron durante el trayecto, además de observar cómo vive la gente de aquí que salpica las orillas de rio con sus casas sobre pilares para prevenir las inundaciones que cada año hacen subir el nivel del agua hasta dos metros. Lo cierto es que fue un viaje relajado, teníamos películas para ver cuando se iba la luz diurna y si el cielo estaba despejado podíamos observar las estrellas con la tranquilidad que te da saber que aquí no hay contaminación lumínica. 

 Atracamos en Manaus sobre las 2 de la mañana, pero , no sería hasta el día siguiente, bién temprano cuando nos dirigimos al hostel. Manaus es el último punto civilizado del estado de la Amazonia. Casi dos millones de habitantes se pelean por un espacio que no existe (sobre todo en el centro). Tiene su zona franca (que ni es zona ni es franca a juzgar por los precios). Un Teatro de la Ópera. El puerto. Mercados de fruta, verdura, carne y pescado. Varios museos. Y ya está. Es una ciudad para estar como máximo 3 jornadas. Y llevamos aquí (a la hora de escribir esta crónica) 6 laaargos y tediosos días. La espera. Lo cierto es que en un viaje tan largo, los periodos de espera suelen ser abundantes. Esperas en estaciones de tren, de autobús, de barco, esperas y esperas. No le das importancia ya que no es más que una gota de agua en el vaso de de un viaje extenso.




Pero claro la cosa cambia cuando no hay nada que hacer más que pasear bajo un sol de justicia que castiga el cuerpo desde las 7 de la mañana hasta las 18:00 h. Y por la noche te has de recoger prontito ya que no es muy seguro para el “gringo” moverse por estas calles nada seguras a ciertas horas. Estamos esperando a los chicos con los que quedamos en Belém. Pero al parecer han hecho una pausa en el camino y han de llegar entre hoy y mañana o sea que nos vamos a comer aquí casi 10 días entre pitos y flautas. La verdad es que estamos esperando porque entiendo que vale la pena la espera. Entre 4 los problemas son menos y generalmente los mochileros que viajan solos se suelen unir a otros para formar piña. Nos queda el consuelo de pensar que aunque tuvieran aquí no podríamos  partir ya que la ruta que lleva a Boa Vista y después a Venezuela está cortada por las inundaciones y se desconoce cuándo se podrá pasar. Bueno, supongo que la próxima crónica la haremos desde ese lugar, un país cuyo dirigente ha dado perlas tan interesantes como –“Aquí huele a azufre”- y provocado otras-“¿Por qué no te callas?, pero, eso es harina de otro costal. Ahhhhh!!!!! Si tengo tiempo y ganas escribiré un aparte de nuestra experiencia en el Banco do Brasil con un personaje que si definiera de retrasado estaría insultando a este colectivo (que por otra parte merece el mayor de mis respetos). Creo que lo llamaré ¿Quién es el tonto aquí?. Lo dicho, besitos para vosotras, abrazos para vosotros y espero que no os aburran mucho  estos relatos.
Un saludo.
Fer y Miguel

miércoles, 1 de junio de 2011

No tengo edad para estas mierdas.......Un rápido resumen.

Hooola amigos, amigas y desconocidos que seguís este blog. Agradecer también los mensajes de las personas que se van uniendo a este blog para compartir nuestras aventuras. Lamento como siempre el retraso a la hora de mandar estas crónicas, pero suele suceder que cuando no estamos de viaje, estamos reposando y por lo tanto no hay muchas ganas de escribir nada. En este momento nos encontramos en Belem a orillas de la Bahía de Guajará y en uno de los multiples brazos en los que se divide el rio Amazonas en su desembocadura. En un par de horas nos embarcaremos remontando este río hasta Manaos en un viaje de 5 días. Lo que pase en este viaje os lo contaré en el próximo relato. De momento os comento de manera muy resumida, por el tiempo que nos queda antes de tomar el barco, nuestro mes de estancia por este vasto país.
Aterricemos en Rio de Janeiro con las noticias de que se estaba desalojando un barrio de favelas de narcotraficantes y que la policía había entrado a este a sangre y fuego, las imágenes no engañan, cuatro policías descienden de las favelas con un cadáver envuelto en una sabana. Estos se paran delante de la cámara y muestran el rostro del narco y los más de 10 impactos de bala que lo han quitado del tabaco. Con esta perspectiva, claro, no esperábamos el recibimiento que tuvimos. Los amigos de Rio Rockers nos alojaron en su pequeño hostel y nos dieron durante 7 días el cariño familiar. Nos comentaron que no había peligro, que estabamos lejos de las favelas y que la presencia policial disuadía a cualquier gualtrapa que se aventurase por la zona de Copacabana, que era donde nos alojábamos. 

Rio es la ciudad de la luz, durante los dos primeros días nos dedicamos a ver lo típico del lugar, el pan de azúcar, el Cristo Redentor del Corcovado, el centro histórico. Nos faltó ver el mítico estadio de Maracaná, pero a los que pasamos del futbol casi que no nos importa. Después nos dediquemos a pasear por Copacabana, Ipanema y Leblon, que son las principales playas de la ciudad o por lo menos las más populosas. Decía que Rio era la ciudad de la luz ya que sus habitantes te transmitían una simpatía que distaba mucho con el carácter algo agrio que tenían los brasileños que hasta ahora había conocido. La vida en la ciudad empieza pronto, con los primeros rayos de sol, los cariocas se dedican a hacer sus trabajos habituales, y sorprende ver la cantidad de personas que utilizan el paseo marítimo para hacer deporte, de todas las edades y condiciones. La gente no tiene complejos, aunque (aviso a navegantes) en las playas, las tipas despampanantes de cuya fama se enorgullece esta ciudad, se han podido contar con los dedos de una mano, o sea, ¿leyenda urbana?. Con mucha pena nos despedimos de Rio con el compromiso firme de volver en un futuro. 
Si Rio de Janeiro es el sol, Salvador de Bahía es la sombra, bueno, en realidad creo que Rio hace sombra a todo el país con raras excepciones. Bahía nos provocó la sensación de ciudad deprimida. Sus calles están sucias y el ambiente es demasiado opresivo para permanecer más de dos días en el lugar. Brasil tiene un gran problema que ha de resolver antes de que en el 2014 se celebre la copa del mundo de futbol. Aquí para dar un paso hacia adelante, tienes que dar dos pasos hacia atrás.
Si quieres ir a Praia do Forte, tienes que avanzar 4 horas por carreteras que darían miedo a los participantes del Paris-Dakar desde Bahía, pero para seguir hacia adelante, luego tienes que retroceder estos 400 km y comenzar de nuevo. Así con todos los puntos turísticos importantes. Decidimos pasar de Recife e ir a Ceará, que era el único punto que nos permitía avanzar sin tener que retroceder. Bueno no puedo decir mucho de este lugar, se parece a cualquier ciudad costera española. Nos encaminamos hacia el norte con a vista puesta en Natal, pero como nos recibió con una lluvia que daba miedo, continuamos hacia Fortaleza, también lloviendo, así que decimos hacer parada y fonda en un lugar del que nos habían hablado y que estaba realmente retirado del mundo. 
Os hablo de Jericoacoara, un paraíso en la tierra, pero como todo, vivir en el paraíso tiene su precio. Para llegar hay que vivir una verdadera aventura a bordo de un camión de los 50´s que te lleva por la playa y atraviesa dunas de arena blanca. Una vez allí, nos alojamos en el Jeri-Brasil Hostel, regentado por Ramis donde estuvimos los más fantásticos 9 días de nuestro viaje por Brasil. Es un lugar de ensueño con dunas, playas desiertas e interminables y lagos de agua dulce que son la delicia para la gente que como yo no es muy partidaria del agua salada. A base de tomar el sol, conseguimos un moreno espectacular del que vacilamos con la gente. 
Pero todo tiene su fin. Con una tristeza enorme abandonamos el que fue nuestro hogar durante más de una semana para encaminarnos  a donde nos encontramos ahora. Más de treinta horas en un bus infame, que paraba en todos los putos pueblos y cuyo conductor no tenía otra intención que pillar todos los baches y agujeros de la carretera. Agotados llegamos a Belem con un calor insoportable. Esta misma mañana hemos comprado los tikets del barco que nos llevará aguas arriba hasta Manaos. Pero esto ya es otra historia.